¿Cuándo fue la última vez que te sentiste profundamente amado, seguro y abrazado por tu cónyuge?
Cuando Dios diseñó la vida humana y el matrimonio, puso en el corazón de cada persona tres necesidades relacionales esenciales: la necesidad de ser vistos, de ser amados y de ser escuchados.
Hoy queremos dedicar este espacio a explorar el pilar que sostiene a todas las demás: la necesidad de saber amar y de sabernos amados en el matrimonio.
Cuando profundizamos en esta necesidad, nos damos cuenta de que amar es solo una cara de la moneda; del otro lado encontramos la necesidad de saber dejarnos amar y descansar en la seguridad de ese afecto. Dios puso este anhelo en nuestro corazón y Él mismo se encarga de suplirlo. Sin embargo, a causa de la rutina, el temor al rechazo o las heridas del pasado, esta dimensión suele distorsionarse. Por eso, con el paso de los años, es común que nos cueste expresar cariño con libertad o nos resulte difícil creer que somos verdaderamente dignos del amor de nuestro cónyuge.
El contraste entre el noviazgo y el matrimonio
Si miras hacia atrás, probablemente recuerdes que durante la etapa del noviazgo expresar y recibir amor parecía fluir sin ningún obstáculo.
En aquellos días, buscabas cualquier excusa para sorprender a tu pareja, abundaban los mensajes afectuosos, cuidabas cada detalle y los gestos de cariño eran cotidianos. Expresar afecto no se sentía como una obligación, sino como el deseo más espontáneo del corazón. El tiempo juntos volaba y ambos se sentían seguros, aceptados y apreciados. En esa etapa, la necesidad de ser amados e intencionadamente cuidados estaba plenamente satisfecha.
Lamentablemente, con el correr de los años y el peso de las responsabilidades, muchos matrimonios experimentan un enfriamiento progresivo en el afecto. Lo que antes eran abrazos cálidos, palabras de aliento y gestos de cariño, con el tiempo puede transformarse en distancia emocional, convivencia rutinaria o reclamos constantes.
Lo que la Palabra de Dios nos enseña sobre "Saber amar"
El amor en la convivencia matrimonial es como el oxígeno para el cuerpo: le da vida, calor y conexión a la relación. La Biblia nos enseña que el amor no es un esfuerzo humano desgastante, sino el reflejo de lo que Dios ha hecho en nosotros:
«Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.»1 Juan 4:19
El apóstol Juan nos muestra el principio fundamental: no podemos dar lo que no hemos recibido primero. La fuente de todo amor sanador en la pareja no nace de nuestra propia fuerza de voluntad ni de la conducta perfecta del cónyuge, sino de saber e interiorizar cuán amados somos por Dios.
Cuando descansamos en el amor incondicional del Creador, nuestro corazón se llena de paz. Y es desde esa plenitud que la Biblia nos invita a ejercitar un amor práctico dentro del hogar:
«El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor... Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.» 1 Corintios 13:4-7
3 Acciones para cultivar un amor transformador
Tomando la enseñanza de 1 Corintios 13, podemos llevar a la práctica tres decisiones diarias dentro de la pareja:
1. Decidir la bondad y la paciencia
El amor verdadero es benigno y paciente. Significa responder con dulzura cuando el otro está estresado y aceptar sus tiempos sin estallar en enojo. Decidir la bondad es decirle al cónyuge: «Tu paz y nuestro vínculo son más importantes para mí que tener la razón o descargar mi frustración».
2. Renunciar al egoísmo y a las condiciones
Muchas veces caemos en la trampa de condicionar nuestro afecto: «Seré cariñoso contigo si tú haces lo que yo espero». La Escritura nos recuerda que el amor bíblico (Agape) «no busca lo suyo». Es un amor que decide tomar la iniciativa para cuidar, servir y afirmar al otro sin esperar un beneficio inmediato.
3. Mantener la esperanza en los tiempos difíciles
El pasaje de Corintios nos enseña que el amor «todo lo espera y todo lo soporta». En la vida matrimonial habrá estaciones de alegría, pero también épocas de cansancio, pruebas o sequía emocional. Mantener la esperanza significa aferrarse al pacto que hicieron delante de Dios, decidiendo cuidar la relación y creyendo que con la ayuda del Señor el amor siempre puede renovarse.
Barreras que nos impiden amar y sabernos amados
Examinemos algunas actitudes cotidianas que bloquean la fluidez del amor en la convivencia:
- Condicionar el afecto al comportamiento: Retirar los abrazos, los besos o las palabras amables cuando el cónyuge comete una falta, convirtiendo la relación en una transacción comercial.
- El orgullo y el temor a la vulnerabilidad: Levantar muros defensivos para no salir heridos, lo que nos impide expresar cariño con libertad o recibir con humildad el amor del otro.
- Amar solo en nuestro propio "idioma": Intentar demostrar cariño únicamente de la forma que a nosotros nos gusta, en lugar de aprender a hablar el lenguaje que realmente hace sentir amado a nuestro cónyuge (palabras de afirmación, tiempo a solas, detalles, actos de servicio o contacto físico).
- Pensar que el afecto ya no necesita expresarse: Creer que con haber dicho «te amo» en el altar es suficiente, olvidando que el amor se nutre a diario con gestos cotidianos, palabras amables y abrazos sinceros.
La verdadera esencia de saber amar
Amar a tu cónyuge no es solo experimentar emociones intensas; es una decisión diaria de buscar su bien supremo. Es abrir el corazón para recibir la gracia de Dios y compartirla con la persona que camina a tu lado.
Mirando el ejemplo de Jesús
En la Biblia se nos muestra cómo Cristo amó a su iglesia: no la amó porque fuera perfecta, sino que la amó incondicionalmente, entregándose por ella y cuidándola con profunda ternura (Efesios 5:25).
Cuando comprendes que el amor de Jesús hacia ti no cambia por tus fallas, recibes la seguridad necesaria para amar a tu cónyuge sin miedos, perdonando sus errores y convirtiéndote en su mayor refugio en la tierra.
Pautas prácticas para expresar y recibir amor
Para cultivar este ambiente de afecto en el hogar, pueden poner en práctica estos sencillos hábitos:
- Regalen afirmación verbal a diario: Acostúmbrense a decir «te amo», «valoré mucho lo que hiciste hoy» o «gracias por estar en mi vida» de manera frecuente y sincera.
- Dense un abrazo prolongado de reencuentro: Un abrazo cálido de más de 20 segundos al regresar a casa ayuda a que el cuerpo y la mente registren la seguridad y la paz del hogar.
- Pregúntale qué le hace sentir amado/a: Conversen abiertamente sobre qué gestos, palabras o detalles específicos le hacen sentir más cuidado/a en esta etapa de la vida.
Cultivando la amistad en el matrimonio: La cita para renovar el afecto
El amor en el matrimonio requiere un cuidado intencional. No podemos dejar que se mantenga encendido por inercia o en piloto automático.
Por eso, los animamos a separar un tiempo de 15 a 20 minutos esta semana para tener una Cita de Conversación (compartiendo unos mates o un café). Apaguen los teléfonos, siéntense juntos y hágase estas preguntas con el corazón dispuesto:
¿Te has sentido profundamente amado/a, apreciado/a y seguro/a a mi lado en este último tiempo?
¿Hay alguna actitud o descuido mío que te haya hecho sentir distante de mi corazón?
¿De qué manera concreta puedo demostrarte mi amor y mi apoyo durante esta semana?
Abran su corazón para escucharse con amabilidad y sin juzgarse. Les aseguramos que este tiempo reavivará la ternura y la complicidad entre ustedes.
Conclusión
El propósito de aprender a amar y dejarnos amar es que nuestro hogar sea un reflejo de la gracia de Dios.
Como hijos de Dios, descansamos en la hermosa certeza de que nuestro Padre celestial nos ama con un amor eterno e incondicional. Es nuestro anhelo que experimentes la profundidad de ese amor divino, y que esa certeza transforme tu matrimonio para que tú y tu cónyuge disfruten diariamente del gozo de ser vistos, escuchados y profundamente amados el uno por el otro.